Soy un surco ardiente


Eros, yo quiero guiarte, Padre ciego…
pido a tus manos todopoderosas
¡su cuerpo excelso derramado en fuego
sobre mi cuerpo desmayado en rosas!
La eléctrica corola que hoy despliego
brinda el nectario de un jardín de Esposas;
para sus buitres en mi carne entrego
todo un enjambre de palomas rosas.
Da a las dos sierpes de su abrazo, crueles,
mi gran tallo febril… Absintio, mieles,
viérteme de sus venas, de su boca…
¡Así tendida, soy un surco ardiente
donde puede nutrirse la simiente
de otra estirpe sublimemente loca!


Delmira Agustini es la autora de este soneto en el que se atreve a hablar de lo innombrable, del deseo feroz de la carne, de la pasión sobrecogida del amor. Sus palabras proclaman y reivindican un cambio de actitud, son el deseo de equipararse a un hombre a la hora de sentir y de escribir.

En 1908 Delmira y Enrique Job Reyes empezaron a verse en secreto, pues la madre no aprueba la relación, que se mantiene dentro del género epistolar a lo largo de cinco años. Reyes pertenecía a una familia de buena posición vinculada a la compraventa de caballos y nunca valoró el talento de una mujer culta que había estudiado idiomas, piano, pintura, dibujo, publicaba poesía y se codeaba con los intelectuales uruguayos del momento. A él no le interesa la poesía, pero Delmira es entonces una joven bella, rubia, de ojos celestes y mirada perturbadora. No le pide más atributos para enamorarse que la belleza y el recato.

El tiempo pasa, ya van cuatro de noviazgo con Reyes cuando Agustini conoce en Montevideo a Manuel Ugarte, amigo de Rubén Darío, y algo sucede entre ellos para que Delmira escriba en el poema La Cita:
En tu alcoba techada de ensueños, haz derroche / de flores y de luces de espíritu; mi alma, / calzada de silencio y vestida de calma, / irá a ti por la senda más negra de esta noche.

En 1912, le escribe una larga carta a Rubén Darío y le confiesa: «He resuelto arrojarme al abismo medroso del casamiento: No sé: tal vez en el fondo me espera la felicidad. ¡La vida es tan rara!» No puede salir bien, casarse con Reyes sintiendo una irrefrenable pasión amorosa por Ugarte, que asiste a la boda como testigo y a quien escribirá una carta aludiendo al gran error cometido: «Usted hizo el tormento de mi noche de bodas y de mi absurda luna de miel… mientras me vestían pregunté no sé cuantas veces si había llegado. Entré a la sala como a un sepulcro, sin más consuelo que el pensar que lo vería».

El 14 de agosto de 1913, a la edad de 27 años, Delmira Agustini se casaba con Enrique Job Reyes. Lo abandonó un mes y medio más tarde. La pareja se divorció el 5 de junio de 1914. En Montevideo, estalló el escándalo, la pacata sociedad de la época se rasgó las vestiduras. Al mes siguiente, en julio, Delmira muere a manos de su exmarido, le disparó dos veces y luego se suicidó.

Enrique Job Reyes, un hombre que como amante no debió dar la talla o no supo o no quiso complacer la fogosidad de su esposa, alguien que llegó a manifestar en una carta que la intimidad con su mujer era «indescriptible», solventó el asunto y recuperó la hombría cuestionada usando un revólver. Agustini no renunció a ser la mujer que se le antojaba y pago con su vida el precio de tal osadía.


Imagen de Delmira Agustini muerta tras recibir dos disparos

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