Audrey

Me dijo: «Tú eres Audrey, elegante, inteligente, encantadora».

Sus ojos denotaban abierta sinceridad, una cálida emoción que no supe interpretar.

«Eres…» Y en esos puntos suspensivos quedó prendida una declaración de amor, que no supe interpretar.

Cuando salimos del bar empezó a llover. La tormenta de verano descargó con estrépito. Echamos a correr hacia los porches empapados y riendo. Me puso su chaqueta sobre los hombros y me apretó contra su pecho. Agachó la cabeza para susurrarme al oído: «Mi Audrey». Pero yo no supe interpretar el timbre de su voz enamorada ni el temblor de sus manos cuando me retiraban el mechón impertinente que caía sobre mi cara.

Yo no sabía quién era Audrey. No sospechaba el significado de ese beso cargado de ternura que depositó en mi frente. Tenía dieciséis años cuando cogí aquel tranvía que partió hacia un destino desconocido.

Hoy, un hombre me ha dicho: «Eres Audrey». Y una mujer le ha sonreído.

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