Tuve una amistad



Tuve amistad con una persona que se autodenomina escritora. Mantuvimos una relación cordial hasta que se autopublicó una novela y esperó que yo la leyera, la alabara, la reseñara, la promocionara y votase para ayudarle a ganar visibilidad en la plataforma que esconde su obra.

No hice nada de cuanto me pidió. Me bastó leer la sinopsis, salpimentada con varios errores gramaticales, para saber a qué me exponía en caso de descargar el libro. Pasaban las semanas y una treintena de profesionales del gremio calificaban el engendro de mi amistad con los adjetivos más descalificativos. La ortografía, la sintaxis, la trama inexistente y otras graves carencias propiciaban que su mala fama se propagara a la velocidad de la luz.

Abreviando, la relación se fue al garete porque no aplaudí y porque no tuve valor para, contraviniendo mi deseo de ser sincera, clavarle el puñal de la verdad en el corazón.

El efecto Dunning-Kruger es muy frecuente. Autores noveles consideran que tienen un don para escribir. El arte literario les ha llegado por ciencia infusa, por eso les basta con soltar lo que llevan en la cabeza, en las tripas o donde sea. Todo es puro oro. Todo es prueba de su talentosa genialidad. Presentan sus trabajos a las editoriales más reputadas, pues piensan que se rifarán sus servicios, y no entienden por qué los rechazan en todas partes. Creen que su calidad es tan buena como para ganar prestigiosos certámenes. Al final, dolidos por los rechazos, optan por la autoedición. Publican un libro sin corregir, basta con unas pocas revisiones, sin maquetar, sin una portada decente… Cuando llegan las críticas, las achacan a que su nivel es para iniciados y no todo el mundo entiende su trabajo.

Los síntomas del efecto Dunning-Kruger se repiten en muchos autores y autoras noveles que culpan a los demás de sus fracasos, cuando la realidad es que son incapaces de autoevaluarse de forma objetiva. El efecto Dunning-Kruger es muy común, poseemos un conocimiento superficial sobre un tema y tendemos a opinar que se trata de un conocimiento complejo. Por la calle escucho conversaciones de gente que sabe cómo arreglar el mundo, que cocina tal o cual plato mejor que nadie, que si los dejasen hacer a ellos, el problema que sea quedaría resuelto en cinco minutos… Nos cuesta ser ecuánimes con nuestras habilidades.

Si no sabes escribir con corrección porque ignoras las reglas gramaticales y de ortografía, ni estructurar un texto, ni tienes técnica narrativa… ¿Cómo puedes encontrar fallos a lo que escribes? El instinto no basta para escribir, para hacer literatura. Saber escribir no equivale a saber comunicar. Una idea estupenda es un buen punto de partida si eres capaz de desarrollarla, pero la literatura es otra cosa.

Te gusta escribir, vale. Disfrutas haciéndolo, estupendo. Quieres que la gente te lea, nada que objetar. Pero, por favor, aprende a escribir, porque en este oficio nunca se es experto, ni aunque lleves décadas dándole a la tecla, ni aunque tengas varias obras publicadas, ni aunque tus familiares y amigos digan de ti que eres el próximo premio Nobel. Sin capacidad de autocrítica, no llegarás a nada. Si no ves tus errores, no los podrás subsanar. La vanidad no lleva a ninguna parte. Conviene aprender de los más grandes, en vez de sentirte grande ante lectores inexpertos o escritores aún más verdes.

Yo vivo en una duda constante. Mi perfeccionismo obsesivo es el mejor antídoto contra el efecto Dunning-Kruger. 

Comentarios