Desde mi ventana



En el segundo piso de este edificio transcurrió parte de mi infancia. Frente a la casa, al otro lado de la calle, estaba la comisaría de policía. En aquel tiempo, Cuerpo de Policía Armada y de Tráfico.

Las tardes de verano transcurrían en la calle, jugando con los vecinos. Sobre las 19:30 aparecía el furgón gris y de él descendían de un salto entre seis u ocho hombres engrilletados entre sí. Un policía dirigía los pasos de la comitiva hacia la comisaría. Al principio, me sorprendió el hecho, luego se convirtió en rutina, una rutina diaria que por las noches se desarrollaba en el calabozo.

Era verano, hacía bochorno y el ventanuco del calabozo quedaba entreabierto. Desde la ventana de mi dormitorio, y tras la persiana bajada, una niña de apenas siete años contempla la escena. Dos policías envuelven a un preso con una manta gris. La niña no entiende qué pasa. Si hace un calor de mil demonios, ¿por qué tapan al hombre? Los policías sacan sus respectivas defensas y golpean al hombre esposado, cubierto por la manta. A la niña le han dicho que esos hombres que llegan cada tarde a la comisaría son «malos» y quizás por eso no le sorprende que le den una paliza. Ni a este hombre malo, ni a otros muchos hombres malos. Un policía entra con un cubo de agua, la esparce por el suelo y arrastra la sangre.

Se apaga la luz del calabozo. Dos policías se han sentado a la puerta de la comisaría en unos sillones. Sobre las baldosas, junto a ellos, hay un porrón y un botijo. Han regado la acera con una manguera corta y gruesa y pasarán la noche tomando la fresca. Mañana será otro día.

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