O arráncame el corazón, o ámame, porque te adoro



Jugador, pendenciero, chulo, inmaduro, machista, jactancioso, golfo, picaflor, embustero, inmoral, escéptico, aventurero, libertino, fanfarrón… Don Juan Tenorio no es un tipo muy recomendable y, sin embargo, tenía un enorme éxito entre las mujeres ¡de 1844!, año en que se publicó el drama de José Zorrilla. El personaje no era nuevo, Tirso de Molina ya había publicado en 1630 El burlador de Sevilla y convidado de piedra, e iba camino de convertirse en mito.

Don Juan nace en el Barroco, una época complicada, de guerras, epidemias de peste y grandes sequías, en la que perviven como máximos valores el honor y la honra. Ambos se sustentan en la opinión que los demás tienen de uno mismo y tienen mucho que ver con la mujer. Si se pierde el honor y la honra, lo justo es recuperarlos con venganza y sangre si es necesario, y los encargados de limpiar tales manchas son los hombres.

Tirso de Molina sienta las premisas que sustentan al don Juan profesional, un ser corrupto que acaba recibiendo el merecido castigo divino. Molière; Carlo Goldoni; Lorenzo da Ponte, autor del libreto de Don Giovanni de Mozart; lord Byron; Prosper Mérimée; Pushkin; Espronceda y luego Gregorio Marañón, Américo Castro, Ramón Menéndez Pidal, Machado Ramón Pérez de Ayala… explotan la figura de este transgresor.

En algunos casos, la épica donjuanesca adquiere un halo de encanto que lo vuelve seductor, pues don Juan, finalmente, se enamora, se arrepiente de sus bravuconadas y se redime gracias al amor de su «ángel». A partir de aquí comienza el mito y la tradición española de evocarlo en la Noche de Difuntos, mezclado con calabazas, trucos, tratos y los singulares personajes que pueblan Halloween.

Don Juan es un emblema, el retrato de un tiempo. Por eso no podemos renegar de él, por más machista y repugnante que nos parezca hoy. Ni considerar que doña Inés ejemplifica el maltrato psicológico o encarna el papel de mujer inocente, salvadora de hombres castigadores y descarriados. El «o arráncame el corazón,/o ámame, porque te adoro» es pura declaración de amor.

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